La semana pasada visité una escuela de La Plata. En realidad dos, porque en un mismo edificio funcionan una primaria y una secundaria. Charlé con autoridades y varios docentes que, con mucha pasión, contaron la tarea pedagógica que llevan adelante, la situación del barrio, la realidad de las familias y de los alumnos.

Es un edificio compartido que, como sólo tiene tres aulas para la secundaria, los obliga a organizar turnos de noche para los chicos que cursan los últimos años. La pasión, las ganas y el orgullo que se ve en los ojos de los profesores contrapesa la realidad: la biblioteca es muy pequeña, compartida y también funciona como lugar para dictar algunas materias, y el espacio para la secretaría, los docentes y la atención de los padres es uno sólo y muy chiquito de verdad. Mientras tanto, el aula nueva prometida -y con presupuesto asignado- continúa perdida en el medio de trámites burocráticos a los que siempre les falta un sello o una firma más.

A pesar de las dificultades, los profesores van para adelante: pintan la escuela con sus manos, organizan con los vecinos su propia conexión a internet, caminan por todos lados para que los chicos tengan posibilidades de viajar, de conectarse con otras realidades. Los tachos de pintura que el Director traslada en su propio auto son la prueba más clara de que están dispuestos a poner todo para que los pibes y las pibas del barrio puedan salir adelante. Y es apenas una muestra de algo que se replica en toda la Provincia. En todo el país. Por eso tenemos que defender a los maestros, cuidarlos y acompañarlos.

Cuando me retiraba del establecimiento, vi muchos alumnos con cara de asustados y preocupados. Estaban esperando para rendir las materias que se llevaron. Sé que esos chicos y sus padres saben que a pesar de las dificultades, ahí pasan cosas buenas. Porque ellos tienen muy claro lo que la política todavía no se enteró: el mejor lugar es la escuela.